Oh mi señor, cuyo nombre es un secreto,
solo mi voz puede cantar sus signos.
A ti que vas y vienes, a ti que resplandeces
en el cielo del desierto;
ciertamente las criaturas se regocijan ante tu semblante.
Cuando contemplo tu imàgen
no hay inquietud alguna en mi corazón, pues
la dulzura de tu rostro pacifica mi espíritu.
jueves, 4 de marzo de 2010
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